Esto es, simplemente, y para quien lo quiera saber, el relato de lo que pasó (filtrado por el tiempo y mi memoria descosida) en mi prueba de habilitación. No hubo testigos, sólo el tribunal y yo, así que será su palabra contra la mía.
Fui el penúltimo, así que no quedó nadie para verme. El antepenúltimo (¡un saludo y ánimo!) iba a quedarse, pero le dieron tanta estopa que tan sólo me dijo adiós con la mirada. Al último candidato, que no había hecho acto de presencia en todo el día, fue un miembro del tribunal a llamarlo a su despacho de la UPC mientras yo recogía mis bártulos. Cosas veredes.
Sin falsa modestia, mi presentación era espectacular. Ceñida a los 30 minutos aconsejados, pedí prestado un Apple y conseguí una presentación muy vistosa. Curiosamente, nadie se dio cuenta. Es más, yo veía mientras exponía que todos los miembros del tribunal iban deseperados memoria arriba, memoria abajo, supongo que intentando cruzar mis datos con mi presentación. Esto duró 34 minutos. Me gustaría decir que aquí empezón mi defensa, pero no la hubo. No pude defender nada porque mi sentencia ya estaba decidida.
El primero en intervenir fue Luciano Boquete. Fue correctísimo, amabilísimo y lo tengo por buena persona y buen profesional. Sus preguntas siempre fueron en excelente tono, y se interesó por mis publicaciones internacionales, uno de mis proyectos y otros aspectos. Un detalle. Me preguntó, inocentemente, que veía que había dirigido una tesis. Yo, inocentemente, le dije que sí. Saltó el ilustre e insigne presidente Pallás, con malos modos y peor tono: Codirigido, usted ha codirigido esa tesis y nos ha dicho dirigido, lo que no es verdad.
Acabó el primero y el presidente me prestó su atención. Se centró en un proyecto con empresa de 30000 ptas que tenía, y me preguntó si era un error esa cifra, que no lo era, y si lo había contado como proyectos con empresa, a lo que le dije que sí. Me dijo que ya se lo había dicho todo con eso, que los departamentos firman cualquier cosa. También hizo referencia a una gráfica en la página tal, que estaba hasta el año 2002 con previsiones hasta el 2008. Dijo que debía haber usado una más actual, lo que era cierto, y lo usó para extrapolar que toda la memoria era deficiente. Memoria con la cual, casualmente, se han aprobado dos habilitaciones y un contratado doctor y nadie objetó nada. También arguyó que usar el 741 en prácticas de Electrónica Analógica básica era obsoleto, y que debía usar otros dispositivos. Que mis alumnos no se merecían esto. También dijo que cierto punto del temario era obsoleto. Todo esto, por supuesto, con malos modos y poca educación. No recuerdo que hubiera mucho más.
El señor Perfecto continuó, preguntando cuántos doctores tenía mi grupo de investigación. Le dije que menos dos, todos. El calculó y dijo: vale, tres doctores. Yo, sorpendido, ya que mi grupo de investigación tiene 18 miembros, le pregunté ¿a qué grupo se refiere usted? Con malísimos modos, me dijo que yo debía saber a qué grupo se refería. Ni se había molestado en mirar la documentación. Luego me dijo que yo desconocía la realidad de la tecn. Elec. en la Universidad de Valencia. Le dije que había un dpto (el mío), con dos catedráticos (nombres y apellidos), cuatro grupos, trabajando en tales o cuales líneas. A no ser que él se refiriese a la otra universidad de Valencia, la UPV, con tales catedráticos en tal departamento y las líneas de investigación principales de los mismos. Me contestó que le demostraba que no sabía nada de la TE en Valencia, sin ningún argumento más.
Los otros dos miembros del tribunal no preguntaron nada más. Igual se les hacía tarde.
Me sorprendió que nadie se fijara en lo poco bueno que creo tener: 11 artículos internacionales, 23 nacionales, 60 ó 70 congresos, 11 años de docencia, PFCs, encuestas, proyectos europeos o como investigador principal, publicaciones docentes, premios, idiomas... No es que sea mejor o peor que nadie, pero el tribunal veía más importante el 741 o la gráfica de la Ley de Moore más decisiva para ser titular que mi currículum.
Mi sensación general fue que la decisión estaba tomada. No habían mirado la documentación, y en el turno de preguntas abrían la memoria, buscaban un detalle nimio y lo usaban en mi contra para justificarse. No me dejaron defenderme. Al final hasta me reía cuando me hacían sus preguntas o comentarios, porque ya se veía que la decisión estaba tomada.
Esto es lo que yo cuento que pasó. El tribunal supongo que no pensará lo mismo, pero no puede negar lo que escribo aquí. A lo sumo, argumentar otras cosas que en su momento no argumentaron para justificarse.
martes, 17 de abril de 2007
viernes, 13 de abril de 2007
Odisea del rencor
“Empleamos la mayor parte de nuestras vigilias en despedazar con el pensamiento a nuestros enemigos, en arrancarles los ojos y las entrañas, en presionar y vaciar sus venas, en pisotear y machacar cada uno de sus órganos, dejándoles únicamente, por lástima, el placer de su esqueleto. Hecha esta concesión, nos tranquilizamos y, hartos de fatiga, caemos en el sueño. Reposo bien ganado después de tan minucioso encarnizamiento. “
El rencor, el resentimiento arraigado y tenaz, inspira muchos de los actos cotidianos. Y todo lugar frecuentado durante mucho tiempo por el mismo número limitado de personas se transforma con los años en una incubadora de odio y venganza, donde algunas de las acciones presentes y futuras de sus integrantes se explica a partir del enconado rencor surgido del pasado.
Tomemos como ejemplo el caso de la Universidad, sus áreas de conocimiento, sus departamentos, etc. Pensemos ahora en el desarrollo de un concurso de habilitación (o de acceso).
La manifiesta opacidad de estos procesos facilita el ajuste de cuentas de los miembros de las comisiones o bien directamente con los candidatos, o bien de forma indirecta, eliminándolos con el único propósito de perjudicar a un tercero para el cual el candidato sacrificado trabaja.
Las trifulcas inter- o intra- departamentales, o entre grupos de investigación o entre individuos concretos -titulares, catedráticos- en proyectos y concursos están a la orden del día. El clima universitario goza de una aparente calma, pero esta es más bien el de una calma tensa que de forma recurrente estalla en mil pedazos para volverse poco después a reconstituir no sin cierto artificio.
Uno de los momentos que la comunidad universitaria aprovecha para sanar heridas aún sin cicatrizar, para ajustar viejas cuentas pendientes ha sido tradicionalmente el de los concursos de acceso, y en los últimos cuatro años, también el de los concursos de habilitación.
El rencor, el resentimiento arraigado y tenaz, inspira muchos de los actos cotidianos. Y todo lugar frecuentado durante mucho tiempo por el mismo número limitado de personas se transforma con los años en una incubadora de odio y venganza, donde algunas de las acciones presentes y futuras de sus integrantes se explica a partir del enconado rencor surgido del pasado.
Tomemos como ejemplo el caso de la Universidad, sus áreas de conocimiento, sus departamentos, etc. Pensemos ahora en el desarrollo de un concurso de habilitación (o de acceso).
La manifiesta opacidad de estos procesos facilita el ajuste de cuentas de los miembros de las comisiones o bien directamente con los candidatos, o bien de forma indirecta, eliminándolos con el único propósito de perjudicar a un tercero para el cual el candidato sacrificado trabaja.
Las trifulcas inter- o intra- departamentales, o entre grupos de investigación o entre individuos concretos -titulares, catedráticos- en proyectos y concursos están a la orden del día. El clima universitario goza de una aparente calma, pero esta es más bien el de una calma tensa que de forma recurrente estalla en mil pedazos para volverse poco después a reconstituir no sin cierto artificio.
Uno de los momentos que la comunidad universitaria aprovecha para sanar heridas aún sin cicatrizar, para ajustar viejas cuentas pendientes ha sido tradicionalmente el de los concursos de acceso, y en los últimos cuatro años, también el de los concursos de habilitación.
Así, ¿qué podemos esperar de los miembros de una comisión de un concurso? ¿Objetividad?, ¿imparcialidad? ¿Existen las garantías suficientes?
Porque, ¿será posible que alguien olvide, alguien aspirante en su momento y catedrático hoy en día, a los miembros del tribunal que aun presentándose en solitario le hicieron perder su primera, segunda oposición a una cátedra? ¿O a aquel catedrático o titular que le ganó una oposición? ¿Podrá resistirse a ser objetivo al valorar años después en un concurso a un candidato que trabaja para uno de aquellos que en su momento le barraron el paso a la cátedra o la titularidad? ¿Y aquel que dentro de un mismo departamento se ha enfrentado abiertamente a otros, considerados a resultas rivales irreconciliables, podrá luego evaluar con imparcialidad a los discípulos de sus declarados enemigos?
jueves, 12 de abril de 2007
Carta del soldado desconocido
(Sobre un concurso de habilitación en curso alguien comenta lo siguiente...)
Muchas gracias por vuestra iniciativa. Soy uno de los deshabilitados en esta convocatoria, y acepto vuestra buena idea de recurrir. Por ahora también permanezco en el anonimato, ya que no se puede esperar imparcialidad de un tribunal que no la ha tenido hasta ahora.
Muchas gracias por vuestra iniciativa. Soy uno de los deshabilitados en esta convocatoria, y acepto vuestra buena idea de recurrir. Por ahora también permanezco en el anonimato, ya que no se puede esperar imparcialidad de un tribunal que no la ha tenido hasta ahora.
No obstante, e independientemente de lo injusto de este método o de si yo estoy o no objetivamente entre los mejores 20 currículum de la convocatoria, creo que no hay que permitir que este tribunal arbitrario e injusto se marche a casa sin complicarle las cosas. No servirá de mucho, pero hagamos que toda la comunidad de ingenieros sepan con nombres y apellidos quienes se han portado de manera tan cuestionable.
Y es que algunas de estas personas ya han perdido toda credibilidad, toda reputación, si es que alguna vez gozaron de ella. En mi caso, los dos miembros más maleducados del tribunal quizá sean quienes más tenían que hacer examen de conciencia. Uno de ellos, que no pasó su primera oposición a catedrático yendo solo. Otro de ellos, que no dirige una tesis desde hace 10 años y que acabó a tiros con su anterior equipo investigador.
Además, tengo constancia fehaciente, aunque nunca podré probarla, de la existencia de recomendados, recomendadores y presidentes de tribunal. Pero ahora son personas dignísimas a sus ojos,por encima del bien y del mal. Creo que desconocen que ser catedrático y sentar cátedra no es lo mismo ni de lejos.
Me pregunto si serán conscientes de cuánto han perdido, de cómo se han desacreditado. Porque, aparte de profesores, somos ingenieros, somos colegas. Alguien se puede cuestionar si todo su trabajo científico no ha sido obtenido de la misma forma: mediante subterfugios, mediante coacción, sin un ápice de método científico o rigurosidad. Sin objetividad y justificando con sus torcidos argumentos lo que necesitan para obtener su fin, un fin totalmente alejado de la verdad. ¿Será toda su carrera profesional un reflejo de su comportamiento como miembros del tribunal?
A nuestros ojos han perdido toda su credibilidad, todo su supuesto prestigio, y es nuestra obligación que el resto de la gente conozca sus malas artes y puedan juzgarlos. Esto no debe salirles gratis.
No es la primera vez que me ocurre esto, y, aunque cambie la ley, no será la última. Pero es nuestro deber reclamar justicia y dar a conocer esta verdad a gritos. No para reclamar nuestra plaza, no para pedir una recomendación ni amenazar a nadie, sino para asegurarnos de que en la próxima convocatoria no haya personas en el tribunal que no lo merezcan y haya, así, un poco más de justicia.
¿Dónde estaba la endogamia, en los que trabajábamos todos los días para ganarnos un puesto o en los catedráticos apoltronados y corruptos que son incapaces de demostrar todas las virtudes de las que se ufanan? Por mi parte, contáis con un humilde servidor para exigirles cuentas a este tribunal.
Un saludo.
miércoles, 11 de abril de 2007
La seguridad del burócrata y la cobardía del que no sabe revelarse

La Universidad en cuanto que contiene una “estructura organizativa caracterizada por procedimientos regularizados, división de responsabilidades y especialización del trabajo, jerarquía y relaciones impersonales”, constituye un tipo burocracia; quizás con una idiosincrasia particular, pero no por ello exenta de unas características comunes a otras formas burocráticas.
Los estudiosos nos dicen que en una burocracia degenerada:
1. Las competencias pueden ser confusas y utilizadas contrariamente al espíritu de la ley; a veces una decisión misma se puede considerar más importante que su efecto.
2. Los funcionarios pueden eludir responsabilidades y buscar su anonimato a través de métodos poco ortodoxos, evitando por ejemplo la documentación de sus procedimientos (o creando cantidades extremas de documentos caóticos, confusos).
3. El nepotismo, la corrupción, los enfrentamientos políticos y otras degeneraciones pueden contrarrestar la regla de impersonalidad, pudiéndose crear un sistema de contratación y promoción oligárquico, es decir, no basado en méritos.
4. Los individuos son tratados como objetos impersonales.
5. Los procedimientos empleados (de un carácter manifiestamente irregular) son cualitativamente distintos a los que podrían aplicarse de acuerdo a preceptos legales convencionales; esto provoca un sentimiento en el individuo de permanente inseguridad e indefensión, induciéndole conductas sumisas; el ciudadano tiene la percepción de que cualquier desviación podrían situarle más allá de la línea de la sospecha y abocarle a un destino incierto: por ello, permanentemente actuará movido por el deseo de adivinar qué conductas serán del agrado de los burócratas dominantes.
Incluso una burocracia no degenerada puede verse afectada por problemas como:
1. Rigidez e inercia en los procesos, tomando decisiones con lentitud o siendo imposible aplicarlas al presentarse casos inusuales, e igualmente retrasando los cambios, evolución y adaptación de viejos procesos a nuevas circunstancias;
2. Fanatismo, fidelidad y falta de crítica que hace considerar al sistema siempre perfecto y correcto por definición, haciendo que la organización sea poco proclive al cambio y a la autocrítica, resultando así imposible de darse cuenta de sus propios errores y limitaciones;
3. Caso omiso de opiniones disidentes, incluso cuando estas se adaptan mejor a las situaciones que la opinión de la mayoría;
4. Creación de más y más reglas y procesos, creciendo su complejidad y disminuyendo su coordinación, facilitando la creación de reglas contradictorias.
Dicho esto que cada cual saque sus propias conclusiones respecto a los concursos de habilitación y de acceso, a sus tribunales y a los candidatos que participan. A buen entendedor…
Los estudiosos nos dicen que en una burocracia degenerada:
1. Las competencias pueden ser confusas y utilizadas contrariamente al espíritu de la ley; a veces una decisión misma se puede considerar más importante que su efecto.
2. Los funcionarios pueden eludir responsabilidades y buscar su anonimato a través de métodos poco ortodoxos, evitando por ejemplo la documentación de sus procedimientos (o creando cantidades extremas de documentos caóticos, confusos).
3. El nepotismo, la corrupción, los enfrentamientos políticos y otras degeneraciones pueden contrarrestar la regla de impersonalidad, pudiéndose crear un sistema de contratación y promoción oligárquico, es decir, no basado en méritos.
4. Los individuos son tratados como objetos impersonales.
5. Los procedimientos empleados (de un carácter manifiestamente irregular) son cualitativamente distintos a los que podrían aplicarse de acuerdo a preceptos legales convencionales; esto provoca un sentimiento en el individuo de permanente inseguridad e indefensión, induciéndole conductas sumisas; el ciudadano tiene la percepción de que cualquier desviación podrían situarle más allá de la línea de la sospecha y abocarle a un destino incierto: por ello, permanentemente actuará movido por el deseo de adivinar qué conductas serán del agrado de los burócratas dominantes.
Incluso una burocracia no degenerada puede verse afectada por problemas como:
1. Rigidez e inercia en los procesos, tomando decisiones con lentitud o siendo imposible aplicarlas al presentarse casos inusuales, e igualmente retrasando los cambios, evolución y adaptación de viejos procesos a nuevas circunstancias;
2. Fanatismo, fidelidad y falta de crítica que hace considerar al sistema siempre perfecto y correcto por definición, haciendo que la organización sea poco proclive al cambio y a la autocrítica, resultando así imposible de darse cuenta de sus propios errores y limitaciones;
3. Caso omiso de opiniones disidentes, incluso cuando estas se adaptan mejor a las situaciones que la opinión de la mayoría;
4. Creación de más y más reglas y procesos, creciendo su complejidad y disminuyendo su coordinación, facilitando la creación de reglas contradictorias.
Dicho esto que cada cual saque sus propias conclusiones respecto a los concursos de habilitación y de acceso, a sus tribunales y a los candidatos que participan. A buen entendedor…
martes, 10 de abril de 2007
Indefensión consentida

Al inicio de la carrera universitaria uno se imagina que le bastará acumular un mérito tras otro en los años venideros para hacerse más adelante un hueco en la Universidad. Sin embargo, esta idea es pueril y muy alejada de la realidad. Los méritos resultan en muchas ocasiones accesorios, en absoluto esenciales para labrarse un futuro como docente e investigador universitario.
Existen muchos factores que propician este fenómeno. Sin duda, uno de ellos es el procedimiento que rige el acceso a los Cuerpos de Funcionarios Docentes Universitarios, y que la recientemente aprobada reforma de la LOU poco va a cambiar, a pesar de haber eliminado el nefasto sistema de habilitación nacional introducido hace unos años.
Si vemos cómo se han desarrollado algunos concursos de habilitación nacional, no nos quedará más remedio que acordar que el proceder de las comisiones son tan solo el reflejo de cómo han funcionado hasta la fecha (y cómo lo continuarán haciendo) muchos de los concursos de acceso a Profesor Titular y Catedrático.
El punto clave reside en los criterios de valoración de los candidatos que la comisión de cada concurso de habilitación (y de acceso) está obligada a publicar: estos criterios públicos pueden ser tan imprecisos o generales como quieran los miembros de la comisión, y habitualmente quieren. Con ello, se permite que los candidatos puedan ser evaluados de forma imprecisa y general propiciando un oscurantismo en las decisiones tomadas por las comisiones donde puede haber cabida para todo tipo de maniobras arbitrarias, muy alejadas de la objetividad necesaria en todo proceso de evaluación ecuánime.
El régimen legal fue, y continua siendo, demasiado vago al respecto y no uniforma las condiciones ni los criterios sobre los cuales deberán basarse las comisiones en sus decisiones. Sin la obligación de objetivar sus decisiones por escrito en unos informes estandarizados, a imagen y semejanza de otros muchos procesos de evaluación actuales dependientes del Ministerio de Educación, cómo será nunca posible establecer un sistema justo e igualitario.
¿Resulta a estas alturas admisible llamar ‘informe’ a dos escuetas líneas que de la manera más ambigua posible utilizan las comisiones para eliminar a un candidato? Según nuestros dirigentes (pasados, presentes y futuros), sí.
En este régimen legal, que ampara con su imprecisión la parcialidad en las decisiones, no es de extrañar que los integrantes de las comisiones en algunos de estos concursos de habilitación se hayan excedido demasiado en su papel atreviéndose a tratar a los candidatos de forma descortés y vejatoria, rozando incluso la descalificación grosera o el insulto.
Sin embargo, no hay que olvidar que los candidatos agredidos son también profesores e investigadores universitarios y, por lo tanto, este insulto excede al individuo al que ha sido dirigido alcanzando de pleno a la misma Universidad en la que los vejadores son miembros (se supone que) respetados y libres de toda sospecha.
Pero, la verdad, sea dicha, es que poco o nada deberán todos ellos temer pues cuentan con la inagotable pasividad de los candidatos perjudicados que por debilidad, miedo o simple cobardía se dejan primero hacer durante el concurso y luego aceptan resignados unas decisiones a sabiendas indignas para todo aquel que se considere con un mínimo de ética.
Existen muchos factores que propician este fenómeno. Sin duda, uno de ellos es el procedimiento que rige el acceso a los Cuerpos de Funcionarios Docentes Universitarios, y que la recientemente aprobada reforma de la LOU poco va a cambiar, a pesar de haber eliminado el nefasto sistema de habilitación nacional introducido hace unos años.
Si vemos cómo se han desarrollado algunos concursos de habilitación nacional, no nos quedará más remedio que acordar que el proceder de las comisiones son tan solo el reflejo de cómo han funcionado hasta la fecha (y cómo lo continuarán haciendo) muchos de los concursos de acceso a Profesor Titular y Catedrático.
El punto clave reside en los criterios de valoración de los candidatos que la comisión de cada concurso de habilitación (y de acceso) está obligada a publicar: estos criterios públicos pueden ser tan imprecisos o generales como quieran los miembros de la comisión, y habitualmente quieren. Con ello, se permite que los candidatos puedan ser evaluados de forma imprecisa y general propiciando un oscurantismo en las decisiones tomadas por las comisiones donde puede haber cabida para todo tipo de maniobras arbitrarias, muy alejadas de la objetividad necesaria en todo proceso de evaluación ecuánime.
El régimen legal fue, y continua siendo, demasiado vago al respecto y no uniforma las condiciones ni los criterios sobre los cuales deberán basarse las comisiones en sus decisiones. Sin la obligación de objetivar sus decisiones por escrito en unos informes estandarizados, a imagen y semejanza de otros muchos procesos de evaluación actuales dependientes del Ministerio de Educación, cómo será nunca posible establecer un sistema justo e igualitario.
¿Resulta a estas alturas admisible llamar ‘informe’ a dos escuetas líneas que de la manera más ambigua posible utilizan las comisiones para eliminar a un candidato? Según nuestros dirigentes (pasados, presentes y futuros), sí.
En este régimen legal, que ampara con su imprecisión la parcialidad en las decisiones, no es de extrañar que los integrantes de las comisiones en algunos de estos concursos de habilitación se hayan excedido demasiado en su papel atreviéndose a tratar a los candidatos de forma descortés y vejatoria, rozando incluso la descalificación grosera o el insulto.
Sin embargo, no hay que olvidar que los candidatos agredidos son también profesores e investigadores universitarios y, por lo tanto, este insulto excede al individuo al que ha sido dirigido alcanzando de pleno a la misma Universidad en la que los vejadores son miembros (se supone que) respetados y libres de toda sospecha.
Pero, la verdad, sea dicha, es que poco o nada deberán todos ellos temer pues cuentan con la inagotable pasividad de los candidatos perjudicados que por debilidad, miedo o simple cobardía se dejan primero hacer durante el concurso y luego aceptan resignados unas decisiones a sabiendas indignas para todo aquel que se considere con un mínimo de ética.
jueves, 5 de abril de 2007
¿Inhabilitados?
(Foto por KoAn)Érase una vez en un momento dado de la historia de ESPAÑA que a alguien muy ocurrente se le ocurrió entre otras cosas –por lo de su enorme ocurrencia, se entiende– que como requisito previo a la obtención de una plaza de funcionario como Profesor Titular de Universidad (TU) había que pasar satisfactoriamente por un proceso de selección de candidatos denominado “habilitación”. A este ser tan ocurrente se le ocurrió (una vez más) decir que este proceso posibilitaría la selección de los mejores candidatos y así la -algo oxidada- Universidad acogería en su seno a un plantel de virtuosos del conocimiento a priori inimaginable.
Como este alguien además de tener el poder legislativo para imponer este y otros apañes sin más, disponía por otro lado de una buena corte de competentes escribanos algo desocupados, se acabó reuniendo pormenorizadamente los pasos a seguir en este proceso en un documento legal denominado REAL DECRETO 774/2002, de 26 de julio, que después de presentarse a sí mismo continuaba por aquí: “…por el que se regula el sistema de habilitación nacional para el acceso a Cuerpos de Funcionarios Docentes Universitarios y el régimen de los concursos de acceso respectivos.” (No proseguimos con la reproducción del resto del texto para evitar la indigestión del lector.)
El problema de este ser tan ocurrente y de su corte de competentes escribanos, es que ni el primero era tan ocurrente ni tampoco los segundos tan competentes, y este proceso de selección que debía ser puro y cristalino se transformó pronto en un cenagal de resultados un punto sospechosos. Por eso,…
Si vosotros/as, aun siendo virtuosos/as del conocimiento os habéis sentido primero vilipendiados/as y luego eliminados/as en las pruebas de Habilitación Nacional de TU, o sin serlo habéis acabado de igual manera como improvisados/as sparrings de los miembros de las Comisiones, ¡este es sin duda vuestro lugar!
Que no sólo no habéis sido agredidos verbalmente por los miembros de las Comisiones sino incluso alabados y posteriormente evaluados de forma justa (y esto sin recomendación o Padrino alguno), bueno, Señoras y Señores, ¡esto es un milagro que debiera ser recogido para dejar testimonio de tan raro suceso! Por consiguiente, ¡tenéis también cabida en estas páginas!
A pesar de lo que pudiera parecer por lo que hemos escrito y en los términos empleados, no estamos locos y sabemos lo que queremos. Claro está que este proceso ha quedado extinto con la reciente publicación de la reforma de la LOU. Pero, y en la espera de que no rehagan el entuerto la llegada de nuevos aires (Marianos para más señas) en el Gobierno de esta insigne Patria, es que estamos convencidos de que vuestras respectivas pruebas de Habilitación habrán ya ocupado un hueco en vuestros recuerdos junto a otros igual de... entrañables.
Cómo olvidar ese punch (invisible) de derecha del Presidente de vuestro Tribunal de Habilitación directo a vuestras partes pudientes (metafóricamente hablando se entiende) cuyas secuelas tardaron en cicatrizar más de lo esperado.
Y esas lagrimitas que el sádico de turno de la Comisión os arrancó (como seres sensibles que soys) y de las que cada día que pasa os arrepentís más (más que nada por no haber tenido el coraje de aguantar el lloriqueo hasta abandonar la sala).
Si es así, queremos estimados/as desconocidos/as que os unáis a nosotros/as y compartáis estos indelebles recuerdos. Estamos seguros que, como mínimo, nos servirá a todos/as los/as involucrados/as para ahorrarnos en el futuro ayuda psicológica especializada.
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