viernes, 13 de abril de 2007

Odisea del rencor

“Empleamos la mayor parte de nuestras vigilias en despedazar con el pensamiento a nuestros enemigos, en arrancarles los ojos y las entrañas, en presionar y vaciar sus venas, en pisotear y machacar cada uno de sus órganos, dejándoles únicamente, por lástima, el placer de su esqueleto. Hecha esta concesión, nos tranquilizamos y, hartos de fatiga, caemos en el sueño. Reposo bien ganado después de tan minucioso encarnizamiento. “

El rencor, el resentimiento arraigado y tenaz, inspira muchos de los actos cotidianos. Y todo lugar frecuentado durante mucho tiempo por el mismo número limitado de personas se transforma con los años en una incubadora de odio y venganza, donde algunas de las acciones presentes y futuras de sus integrantes se explica a partir del enconado rencor surgido del pasado.

Tomemos como ejemplo el caso de la Universidad, sus áreas de conocimiento, sus departamentos, etc. Pensemos ahora en el desarrollo de un concurso de habilitación (o de acceso).

La manifiesta opacidad de estos procesos facilita el ajuste de cuentas de los miembros de las comisiones o bien directamente con los candidatos, o bien de forma indirecta, eliminándolos con el único propósito de perjudicar a un tercero para el cual el candidato sacrificado trabaja.

Las trifulcas inter- o intra- departamentales, o entre grupos de investigación o entre individuos concretos -titulares, catedráticos- en proyectos y concursos están a la orden del día. El clima universitario goza de una aparente calma, pero esta es más bien el de una calma tensa que de forma recurrente estalla en mil pedazos para volverse poco después a reconstituir no sin cierto artificio.

Uno de los momentos que la comunidad universitaria aprovecha para sanar heridas aún sin cicatrizar, para ajustar viejas cuentas pendientes ha sido tradicionalmente el de los concursos de acceso, y en los últimos cuatro años, también el de los concursos de habilitación.

Así, ¿qué podemos esperar de los miembros de una comisión de un concurso? ¿Objetividad?, ¿imparcialidad? ¿Existen las garantías suficientes?

Porque, ¿será posible que alguien olvide, alguien aspirante en su momento y catedrático hoy en día, a los miembros del tribunal que aun presentándose en solitario le hicieron perder su primera, segunda oposición a una cátedra? ¿O a aquel catedrático o titular que le ganó una oposición? ¿Podrá resistirse a ser objetivo al valorar años después en un concurso a un candidato que trabaja para uno de aquellos que en su momento le barraron el paso a la cátedra o la titularidad? ¿Y aquel que dentro de un mismo departamento se ha enfrentado abiertamente a otros, considerados a resultas rivales irreconciliables, podrá luego evaluar con imparcialidad a los discípulos de sus declarados enemigos?


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